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La mente y sus caminos de conocimiento

 
 

Más alla de lo inmediato

« El intelecto es el instrumento y la mente es el espacio donde el hombre puede discernir concientemente las consecuencias de la concretización de sus deseos »

Y los maskilím brillarán como el esplendor del firmamento... Daniel 12:3

El vocablo maskilím proviene del concepto haskalá (ver Haskalá-Havaná-Hasagá) y se refiere, en el contexto de la Torá, a quienes se esfuerzan en discernir en los principios objetivos universales hasta pensar, sentir y actuar «naturalmente» de acuerdo a ellos. O sea que finalmente logran también captar a nivel intelectual (haskalá) la realidad espiritual (hasagá).

El intelecto es el instrumento y la mente es el espacio donde el hombre puede discernir concientemente las consecuencias de la concretización de sus deseos. Para que ello suceda debemos previamente educarnos en base a parámetros objetivos que nos orienten en la dirección correcta: en pos del bien colectivo.

Nuestra tradición (Séfer haIgaión, etc.) nos enseña que la percepción de la realidad se puede dividir en dos aspectos:

  1. Lo sensible, alcanzable o cognoscible mediante los sentidos: el ámbito material-sensorial.
  2. Lo inteligible, alcanzable mediante la inteligencia: los ámbitos mentales y espirituales.

Las formas exteriores estimulan los sentidos, otorgándole al hombre la percepción del ámbito material-sensorial. Sin embargo, cuando la percepción de la realidad no trasciende el ámbito material-sensorial limita al hombre a lo inmediato y empírico, o sea a los efectos que producen las impresiones exteriores en sus sentidos.

La percepción mental y espiritual, en cambio, es el resultado de un proceso de discernimiento inteligente que desemboca, finalmente, en una comprensión más amplia de la realidad.

Ejemplo: Cuando observamos un espacio iluminado concluimos en que debe haber una fuente luminosa de donde proviene dicha luz. La percepción mental y espiritual tiene el potencial de «ver» más allá de lo inmediato estableciendo una relación objetiva de causa-consecuencia en todos los ámbitos de la realidad.
Cuando el hombre activa dicha forma de percepción comienza a expandir su conciencia, siendo que ahora ya no limita la realidad a meros efectos, sino que puede acceder paulatinamente a las causas y luego al objetivo que hay por detrás de todo el ámbito material-sensorial (como es explicado en La causa primera).

La función del intelecto, por lo tanto, es captar la verdad a través de un discernimiento basado en principios universales y objetivos (consultar Leyes espirituales, ¿Principios creados... y Principios universales...) que nos permita mayor certeza de que lo que captamos es correcto. El intelecto debe poder discernir y comprender cada acto y objeto en relación a los demás, para lo cual tendrá que efectuar dos acciones simultáneas: diferenciar y asemejar. Ambas son siempre realizadas en relación a un modelo. En el caso del judaísmo, el modelo es la fuente infinita del altruismo: el Kadósh Barúj Hú. De ahí que toda educación judía auténtica debe brindar los elementos necesarios para distinguir entre los actos que acercan y aquellos que alejan del altruismo, conduciendo así gradualmente a la humanidad a la armonía entre todos los seres y dimensiones que conforman la realidad.