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Muerte

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Las tres etapas mencionadas Brit milá, Bar-Bat mitzvá y Matrimonio son tres niveles de iniciación que, sumados a la vivencia que se alcanza mediante el estudio de la leyes espirituales -Torá- y la práctica de actos de bien -mitzvót, brindan el marco para la transformación del deseo egoísta inconciente en conciencia altruista. De esa forma el hombre puede lograr la plenitud y alcanzar su máxima identidad: el Kadósh Barúj Hú.

Toda índole de egoísmo que durante la existencia corporal no fuera transformada en altruismo será una obstrucción, un lastre que aferra a la neshamá (alma) al plano material-sensorial. Esta identificación dificulta y hace «angustiante» su pasaje a los planos espirituales.
La «experiencia» de la muerte ayuda a la desidentificación con el plano corpóreo. Dicha experiencia es «vivida» por cada neshamá en forma diferente de acuerdo a la conciencia espiritual que alcanzó en el mundo material.
La neshamá, aún después de la muerte, se «dirigirá» siempre hacia donde su atracción la impulsa y lo que no ha sido resuelto en el plano material-sensorial la hará volver a éste para completar la transformación del egoísmo en altruismo. A este proceso se lo denomina guilgúl, o sea el mecanismo que hace que el deseo de la neshamá rote por los diferentes estratos de la realidad, tanto material como espiritual, hasta que supere concientemente todas las formas que el egoísmo adquiere.

La educación judía, cuando es aplicada correctamente, nos brinda la comprensión de los principios espirituales para sobreponernos a los estados inferiores-egoístas de la realidad que desembocan en el caos personal y colectivo.

A través del altruismo logramos despertar nuestra conciencia superior de la realidad donde todo es Luz y armonía infinita.