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Shavuót, la entrega de la Torá

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Desde los albores de la humanidad dos fuerzas están en pugna: civilización y barbarie. Civilizado es el individuo y la sociedad que posee un sistema de discernimiento que le permite establecer códigos de justicia basados en Principios Objetivos Universales. Principios que conducen a la Armonía Universal, al altruismo. Bárbaros, en cambio, son aquellos individuos y sociedades que ignorando los Principios Objetivos Universales disciernen en forma egoísta generando así el caos y por ende la falta de justicia. El relato bíblico nos revela esas dos fuerzas de diversas formas: Abel-civilización versus Caín-barbarie, la concepción unitiva de Abrahám y la Torá que revela Moshé, versus la idolatría, etc.

La fuente original
Algunos de los principios de la Torá los podemos encontrar en las tradiciones espirituales y filosóficas de diferentes culturas. El esfuerzo de los líderes de la antigüedad en tratar de civilizar y otorgar un orden social y espiritual justo para sus pueblos los condujo a la fuente original: La Torá.
Grecia, Roma y muchos de los pueblos por ellos conquistados, combinaron de manera sincrética algunos de los principios espirituales judíos con sus ancestrales creencias paganas. Ello generó que se crearan religiones que pretendieron suplantar la revelación colectiva de la Torá en Sinai, a sus Sabios y Profetas, por revelaciones y profecías personales. Así surgieron seguidores y discípulos que adaptaron e interpretaron a su manera la ya milenaria tradición de Israel escribiendo «nuevos textos sagrados» con la intención de suplantar a la Torá y al pueblo de Israel.
Todos ellos tomaron los objetivos de la tradición escrita de Israel, pero «olvidaron» el desafío en implementarlos transmitido a través de la tradición oral de Israel. Mishná, Talmud, Kabalá, Halajá, etc. recogen la tradición oral, que es miles de veces más extensa que la escrita, especificándo en forma precisa los códigos de comportamiento que conducen a superar y diluir toda forma de paganismo e idolatría.

El pueblo de Israel nunca pactó, ni realizó sincretismo con ninguna forma de paganismo ni idolatría. Israel cuidó y cuida en forma precisa el discernimiento altruista que recibió de la Torá, aun a costa de su vida, como sucedió cuando Grecia y Roma intentaron imponerle sus creencias, también en la Inquisición, y como estos muchos otros ejemplos.

Torá: un proyecto universal
Los principios que rigen todos los ámbitos de la realidad son parte intrínseca de la propia naturaleza del mundo. Des-cubrir es el resultado del esfuerzo humano cuando logra comprender las leyes que gobiernan la realidad.
Algunos de los principios expuestos en la Torá se pueden comprender «natural y racionalmente» a pesar de que han sido formulados hace ya miles de años; pero no debemos olvidar que su esencia está por sobre el mundo como las leyes de la físicas que el hombre des-cubre y no crea.
Principios reconocidos como la base indispensable de toda sociedad civilizada, tales como: no codiciar, no engañar, no robar, no adulterar, no asesinar, respetar y honrar a los padres, etc., se transformaron en «norma» sólo a partir de la revelación de la Torá y aún así la humanidad no ha logrado incorporarlos como parte de su naturaleza. Por ello, a la Torá no le cabe el atributo de antigua o moderna. Su objetivo es la superación humana en busca de la armonía, la justicia, y, ¿cuántos individuos pueden afirmar que ya dominaron sus debilidades y egoísmo alcanzando su verdadera esencia e identidad? Por el contrario, la mayoría de las culturas, filosofías y corrientes de pensamiento han ido transformando sistemáticamente las debilidades humanas en normas.

El secreto de la individualidad
Así como HaKadósh Barúj Hú es único creó individuos también únicos.
En la concepción judía cada individuo, así como cada nación, fue creado con un potencial y sólo cuando logra encauzarlo en pro del bien colectivo se eleva a la categoría de universal.
Lo universal comienza a surgir cuando cada individuo y nación asume su responsabilidad particular, cuando cada uno contribuye a partir de lo que es y de lo que posee para que surja el bien colectivo. El hombre comienza a realizarse espiritualmente cuando colabora a partir de su individualidad a que surja el bien universal. Tal es así que cuando el individuo no encuentra su función, lo que tiene para dar de sí, expresa su individualidad en forma egoísta. Esto es similar a un componente de un sistema electrónico, que por haber sido conectado en el lugar incorrecto neutraliza su potencial o produce un cortocircuito que altera el funcionamiento de todo el sistema.
Nuestra individualidad nos fue otorgada por HaKadósh Barúj Hú e ignorarla significaría rechazar nuestro potencial infinito. Como HaKadósh Barúj Hú es único también nosotros fuimos creados únicos ¿Para qué necesitaría crear copias? De ahí lo sagrado de cada vida en la concepción judía. Anular la individualidad, lo especial de cada ser humano creado a imagen y semejanza, como pretenden ciertas «concepciones espirituales», sería anular lo original con que fue dotado cada individuo para contribuir y participar en el logro de la Armonía Universal.
Lo que debemos anular es el egoísmo, nuestra falsa individualidad dando lugar a nuestra verdadera individualidad, el altruismo, nuestra potencialidad de dar en forma positiva. El hijo de Rabí Shimón Bar Iojái, Rabí Eleazar, nos enseña en el libro del Zóhar que el mundo entero, finalmente, deberá unirse bajo este principio de responsabilidad mutua para que el bien universal surja.

Los peligros en el camino espiritual
En el camino espiritual existe un gran riesgo: ¿Cuál es la interpretación correcta de los detalles que conforman los principios de la Torá? ¿Cómo sé que me encuentro en la senda correcta o, por el contrario, estoy creando una nueva forma de egoísmo tanto o aún más peligrosa?

Esta es la Torá que presentó Moshé ante los hijos de Israel. Si el hombre, a través de su estudio y práctica «logró refinarse» será para él un elixir de vida; de lo contrario será una droga de muerte.
Talmud de Babilonia tratado Iomá 72-2

Dijo Rabí Jananiá ben Akashiá: Hakadósh Barúj Hú quiso refinar (haciendo meritorio) al pueblo de Israel, por ello le dio

 
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