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2) Vaetjanán

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Dice Moshé: Trascienda ahora y he de ver la tierra buena que se encuentra más allá del Iardén, esa buena montaña y el Lebanón.

No existe el lenguaje perfecto en sí mismo. El lenguaje es la interacción entre la realidad y nuestra percepción de la realidad. Creemos que nuestras palabras transmiten una imagen idéntica a aquello a lo que nos referimos. Pero no es así, el lenguaje sólo evoca. Cuando quien escucha no posee vivencias similares a las de quien las relata, captará una imagen distante a la realidad transmitida
Los seres humanos tendemos a justificar lo que nos proporciona seguridad. Así confundimos nuestra experiencia de la verdad con la verdad objetiva. La imagen que creamos en nuestra mente de las experiencias vividas son el resultado de la interacción de la Realidad, nuestra percepción y el lenguaje a través del cual la describimos.
Nuestra percepción de la realidad se constituye a posteriori, en un segundo tiempo, a partir de un juicio de la realidad. Vemos o pensamos en algo y eso despierta nuestro interés, luego comenzamos a evaluarlo a discernir en ello. Surgen objetos buscados y re-encontrados en el exterior partir de la representación que formamos en nuestra imaginación. Pero hay una primera percepción, el primer objeto a partir del cual surge el génesis perceptivo: la búsqueda de plenitud. Las vivencias que experimentamos nunca alcanzan esa imagen interior, la motivación primera, arquetípica, esencial, la que nos mueve.
La vida es una búsqueda constante de esa plenitud, esa armonía denominada por cada persona de diferente forma; es el deseo arquetípico que en última instancia no es sino el anhelo por HaKadósh Barúj Hú.

El primer amor
La vida es impulsada por ese anhelo. La plenitud infinita «el Primer Amor» dejó una impresión, un eco que resuena en nuestro interior impulsándonos a reconstruir el idilio edénco. Cuando buscamos comprensión, amor, paz, buscamos revivir esa impresión esencial, el ansia del alma por el Todo. Las carencias sociales, emocionales, etc., pueden dejarnos expuestos a fantasías que ejercen una poderosa fuerza sugestiva. Entonces los miedos crean fantasías, imágenes que suscitan creencias y supersticiones que nos cautivan llegando a poder dominarnos por completo. Son las ilusiones que eclipsan al amor verdadero, la idolatría que condena la Torá.

¿Dónde está la verdad?
La mayoría de las personas creen en lo que ven. Creen que lo que les transmiten sus sentidos es la verdad y no siempre es así. Cuántas veces observamos una manzana hermosa, rozagante hasta tal punto que se nos hace «agua la boca», pero cuando la cortamos percibimos que está podrida. O, vemos una persona agradable, simpática, de excelente aspecto y a través del trato des-cubrimos que es depresiva, inconstante, una persona infeliz. Cuántos grupos e ideologías que pretenden lograr la justicia social con el pasar del tiempo demuestran ser más corruptos que aquellos a quienes ellos mismos critican.

El potencial humano
El conocimiento de la verdad es exclusivo del hombre. Pero, para que éste lo alcance debe activar correctamente el potencial que lo hace humano. La diferencia entre el hombre y el resto de las criaturas reside en los objetivos y en la forma de alcanzarlos. La mente humana permite deducir inteligiblemente lo que los sentidos no son capaces de captar. Pero como no todos los hombres activan esa poderosa forma de percibir, el potencial humano se expande en un ámbito que no puede saciarlo. La energía resultante de este fenómeno se denomina egoísmo y su principal víctima somos todos, focalizándose, finalmente, en quien la produjo.

Civilización y barbarie
Desde los albores de la humanidad dos fuerzas están en pugna: civilización y barbarie. Civilizado es el individuo y la sociedad que posee un sistema de discernimiento inteligible que le permite establecer códigos de justicia basados en Principios Objetivos Universales. Principios que conducen a la Armonía Universal, al altruismo. Bárbaros, en cambio, son aquellos individuos y sociedades que ignorando los Principios Objetivos Universales disciernen únicamente a partir de lo que le dictan sus sentidos, sin prever la consecuencia de sus actos, generando así el caos y por ende la falta de justicia.

Un sistema integral de discernimiento
Así como hay hombres que nacen con un talento especial para la ciencia o el arte, lo mismo sucede en el plano espiritual. El talento, cuando es orientado correctamente, produce individuos que pueden des-cubrir los principios que rigen los diferentes ámbitos de la realidad.
Un científico, un artista desarrollan sus obras basados en la inspiración, la experimentación y la actividad intelectual. En lo espiritual no es suficiente. Para acceder a la Sabiduría debemos educar nuestros instintos, emociones y pensamientos, sobreponiéndonos a la atracción que ejerce la realidad material-sensorial cuando se transforma en un fin en sí mismo.
El auténtico Sabio de Israel no se basa en meras especulaciones para llegar a la Sabiduría y des-cubrir los principios y leyes espirituales. El estudio de la Torá en todos sus estratos: Halajá, Midrásh, Kabalá, etc., conjuntamente con la práctica de las mitzvót, es un proceso interior basado en recrear, vivenciar y superar las diferentes situaciones existenciales. Sólo cuando el hombre vive este proceso concientemente logra dichos principios y su aplicación en la vida.
Moshé, el mayor profeta que existió, alcanzó hace 3300 años el sistema integral de discernimiento que armoniza la percepción sensible con la inteligible: la Torá. No codiciar, no asesinar, no adulterar, justicia, etc. son los principios capaces de darle a la humanidad su tan ansiada paz y armonía.
Principios que representan las base de toda sociedad que se considere civilizada aún están aguardando ocupar el lugar que les corresponde dentro de los sistemas educativos, simplemente por que la mayoría de las personas sólo creen en lo que ven. Creen, sin discernir, en lo que les transmiten sus sentidos incentivando que la demagogia y el egoísmo se transformen en sus guías.

El testigo de la historia
El Kotel conoció los momentos trascendentes de la historia universal.
Hace unos 2800 años Shlomó haMélej-el rey Salomón construye en «esa hermosa montaña» que vió Moshé el templo de Ierushalaim. El templo conectaba los cielos y la

 
9 de av (2)
El más simple y grandioso de todos los milagros