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Jueces y guardianes instáurate para ti en todos tus pórticos…

La menorá-candelabro del milenario templo de Jerusalem representa al ser humano. Sus 7 brazos y los 3 pies en que se apoya señalan nuestra estructura perceptiva. Los 7 brazos están compuestos por 3 tubos en «U» y uno central que desciende hasta la base donde se bifurca formando los 3 pies que le sirven de apoyo. El tubo exterior en forma de «U» representa los dos oídos, el intermedio a los ojos, el interior a las narinas y el tubo central a la boca que desciende y se ramifica en los tres orificios inferiores, umbilical, anal y genital. Ello nos enseña que nuestra percepción espiritual -la luz de las 7 lámparas, los orificios de la cabeza- depende de nuestra conducta moral -la base de la menorá sus 3 pies, los orificios umbilical, anal y genital- y viceversa.
Éste sistema decimal adquiere su máximo desarrollo a través de las diez sefirót, base de todo el lenguaje de la Kabalá. Las diez sefirót comprenden diez ámbitos de discernimiento -el Decálogo y los pórticos que expresa la Torá- donde es necesario instaurar jueces y guardianes, o sea, refinar la comprensión y fortalecer la voluntad.

Un todo orgánico
Cada persona y civilización, como sucede con los campos de fuerza que estudiamos en física, es un todo orgánico que se expande influenciando aún más allá de su espacio corporal y de su propia conciencia. Queramos o no, sepámoslo o no, todo influye en todo. La realidad es dinámica y global, nada ni nadie existe aislado sino que hay un ecosistema que relaciona a todo, y a medida que avanza la historia ello sucede cada vez con más velocidad e intensidad.
Por ejemplo: el sol no es solamente una partícula situada en un punto del universo, es una fuerza que influye sobre todo nuestro sistema planetario, con un punto de máxima concentración en ese astro. El sol es un campo gravitatorio que afecta a otros campos y que con su presencia influye al espacio y al tiempo, determinando así la forma en que se mueven los planetas y en algún grado el resto de los cuerpos celestes que pueblan el universo.
El campo de influencia de un cuerpo celeste, de un individuo, de una ideología, de una civilización, es una proyección en el espacio y el tiempo que influye en mayor o menor grado en toda la realidad.

Fuerzas extrañas
En un mundo de campos de fuerzas en el cual interactuamos y nos influimos recíprocamente no hay movimientos producidos por fuerzas extrañas. Pueden ser ajenas a nuestro conocimiento pero son partes inherentes a la realidad. Cuando se manifiestan no hacen sino que tomemos conciencia de su existencia. La realidad del mundo es el resultado de la interacción de todas las fuerzas que lo conforman, sean estas materiales, sensoriales, emocionales, mentales y/o espirituales. El hombre tiende a mistificar las fuerzas que desconoce y así surgen los misterios, demonios, mitos, la inestabilidad emocional, etc. resultado de una conciencia insuficiente o distorsionada de la realidad. La tradición de Israel posee una nomenclatura que no sólo nombra sino que le da significado a las situaciones existenciales. Todo posee un significado, por ello es que la Torá motiva las vivencias necesarias para que los seres humanos alcancen la armonía con el prójimo y así descubran que por sobre la aparente multiplicidad de fuerzas que rigen la realidad todo proviene y es parte de una Fuerza y Voluntad Única.

El lenguaje correcto
La conciencia de estos parámetros de influencia y su expresión en el lenguaje correcto hacen desaparecer las supersticiones, sean éstas sensibles y/o inteligibles. El lenguaje correcto suprime la imaginación fantástica, producto de las carencias en nuestra forma de expresarnos, que genera la falta de interacción objetiva con la realidad. El estudio correcto de la Sabiduría Interior de Israel, la Kabalá, nos permite el acceso a un lenguaje que no sólo nombra sino que nos activa en pos de la Fuente Infinita del Altruismo.

Un proceso de reflexión
Las situaciones existenciales, el tiempo y el espacio a partir de ésta óptica adquieren un nuevo significado. El tiempo implica mucho más que el pasaje de un instante a otro, lo cual sucede naturalmente sin la intervención del hombre. Shabat y jaguim son lapsos cualitativos, así el tiempo se transforma en un proceso de reflexión activa lleno de desafíos para superar y no un mero devenir que observamos pasivamente.

Enfrentando nuestras debilidades
Todo aprendizaje presenta desafíos, pero deben ser los que surgen al confrontarnos a nuestras debilidades y equivocaciones y no aquellos que resultan de justificar nuestra subjetividad, miedos y supersticiones. El mal es una fuerza que nos paraliza. El bien, en cambio, nos proyecta a una dimensión en donde se hace posible revelar nuestras potencias con el propósito de armonizar todos los conflictos.
Cuando discernimos a partir de principios universales des-cubrimos el funcionamiento del ecosistema material y espiritual que rige el mundo, entonces podemos evitar que surja el egoísmo producto de la ignorancia y la superstición, sea espiritual, psicológica y/o científica. La Torá nos desafía a tomar conciencia de esos principios y activa los actos altruistas que cada uno debe implementar para que la humanidad alcance su armonía.

Una reflexión espiritual
La tradición de Israel posee una brajá –reflexión espiritual- donde se expresa que Hakadósh Barúj Hú formó al hombre con sabiduría y lo creó con orificios y cavidades, siendo que si alguna de las que está abierta se cerraría o viceversa el ser humano no podría sobrevivir una sola hora.
Sea a nivel físico como a nivel espiritual el hombre depende del discernimiento. El cuerpo discierne asimilando las substancias que lo alimentan y eliminando aquellas que le son tóxicas o innecesarias. El alma discierne a partir de Principios Superiores: Torá y el desafío en implementarlos: mitzvót. Así se desarrolla el discernimiento inteligible y el hombre puede aprender a distinguir el bien y alcanzar la voluntad para implementarlo. Ese discernimiento es el que la Torá nos pide que alcancemos cuando nos dice «jueces y guardianes instáurate para ti en todos tus pórticos».

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